jueves, 6 de enero de 2011

EL NACIMIENTO DEL CHRISTO EN EL ALMA

El nacimiento del Cristo en el alma Humana
Por Rudolf Steiner  

Conferencia pronunciada el 22 de Diciembre de 1918 en Basilea<Comparables con dos grandiosas columnas espirituales, el sentimiento cristiano del mundo ha creado las dos fies­tas, la Navidad y la Pascua de Resurrección, dentro del curso del año, considerando ambos aspectos como símbolo del curso de la vida humana. Se puede decir que la imagen de la fiesta de Navidad y la de la Pascua de Resurrección se presentan al alma humana como las dos columnas espirituales que nos hablan de los grandes misterios de la existencia física hu­mana, y que exigen al hombre una contemplación bien dis­tinta de la de otros acontecimientos de su vida terrenal. Es cierto que en esta vida —a través de la observación sensoria, el discernimiento intelectual, el sentimiento y el acto volitivo— nos habla lo suprasensible. Pero en otros casos lo suprasensible se anuncia espontáneamente como tal, como por ejemplo en la fiesta de Pentecostés, en que el sentimiento cris­tiano quiere dar expresión sensible a lo suprasensible. Pero por medio de las imágenes de Navidad y la de Pascua de Resurrección se señalan los dos acontecimientos del curso de la vida fí­sica, que según su apariencia exterior son acontecimien­tos físicos y que por su peculiaridad, en contraste a todos los demás acaecimientos, no se expresan realmente como acontecimientos físicos. De acuerdo con la concepción natu­ral con la vista se abarca la vida física del hombre, el as­pecto exterior de la vida física, y asimismo la revela­ción exterior de lo espiritual. Pero no es posible percibir físicamente, o bien retener su aspecto, la revelación exterior de las dos experiencias del principio y del fin del curso de la vida humana, sin que por la percepción física misma se tenga la sensación de lo profundamente enigmático, lo misterioso de los dos acontecimientos a que me refiero: el na­cimiento y la muerte. Y en la vida de Cristo Jesús, como en las imágenes de Navidad y la Pascua de Resurrección se hallan ante el sentimiento cristiano, recordándolos, esos dos acontecimientos de la vida física
Por las imágenes de Navidad y la Pascua de Resurrección el alma humana dirige la mirada hacia esos dos grandes mis­terios; y por tal observación ella encuentra el luminoso for­talecimiento del pensar, y el poderoso contenido del querer humano; y en cualquier situación de la vida halla la conso­lación de todo su ser. Las dos columnas espirituales, las de la Navidad y la Pascua de Resurrección tienen valor eterno.


Pienso que se puede afirmar que nuestro tiempo de nue­vas revelaciones espirituales también arrojará nueva luz so­bre la idea de la Navidad, de modo que paulatinamente la imagen de la Navidad se podrá sentir en forma nueva. Nos tocará a nosotros percibir, prove­niente del acontecer universal, la llamada de dar un ca­rácter nuevo a representaciones antiguas, la llamada de una nueva revelación del Espíritu. Nos tocará a nosotros comprender que en el acontecer universal se abre paso una nueva imagen de la Navidad, para el fortalecimiento y consolación del alma humana.

El nacimiento y la muerte del hombre, cuanto más sean observados y analizados, se nos presentan como aconte­cimientos que tienen lugar totalmente en el plano físi­co, y en los cuales lo espiritual impera en tal forma que desde una seria observación, nadie debería negar que esos dos acaecimientos terrestres de la vida humana, se muestran directamente como hechos físicos, hasta el punto de  que, reali­zándose en el hombre, evidencian que él es ciudadano de un mundo espiritual. Ninguna concepción natural, dentro de lo que los sentidos perciben y el intelecto puede compren­der, jamás podrá encontrar en el nacimiento y la muerte otra cosa que aquella en que el obrar de lo espiritual se evidencia espontáneamen­te en lo físico. Únicamente estos dos acontecimientos se presentan de esa manera al áni­mo humano. Y para el acontecer del nacer que encuentra su expresión en la Navidad, el ánimo humano-cristiano ha de sentir cada vez más profundamente el carácter de misterio. Se puede decir que los hombres pocas veces han llegado a tener en cuenta debidamente el carácter de misterio con respecto al nacimiento. Y raras veces mediante imágenes que hablen profundamente al alma humana.

Tal imagen se expresa en lo que se relata referente al ge­nio suizo del siglo XV Nikolaus von der Flüe. El mismo ha contado que antes de su nacimiento, antes de poder respi­rar aire físico, percibió su propia imagen humana, la que físicamente iba a tener después de su nacimiento. Antes de su nacimiento vió el acto de su bautismo con las perso­nas presentes en el mismo, como asimismo las imágenes de sus prime­ros días. Después las reconoció, con excepción de una per­sona anciana. Tómese este relato como se quiera, no se po­drá por menos que admitir que se trata de un significativo indi­cio con respecto al misterio del nacimiento humano, cuyo símbolo se nos presenta ante la historia universal a través de la imagen de Navidad. El relato de Nikolaus von der Flüe nos indica que con la entrada en la vida física se rela­ciona algo que para la percepción cotidiana, sólo se escon­de detrás de un tabique muy delgado. Este tabique delgado se puede romper cuando existe una condición kármica, como en este caso. Se podrán dar otros ejemplos, pero hay que decir que la humanidad todavía es muy poco cons­ciente de que los dos extremos de la vida humana, el naci­miento y la muerte, aparecen ya por su solo aspecto físico como dos acontecimientos espirituales, los cuales jamás pueden tener lugar dentro del mero acontecer natu­ral; al contrario se trata de un obrar de potencias divino-espirituales, lo cual se expresa por el hecho de que justamente por su aspecto físico las dos experiencias en el prin­cipio y el fin de la vida física humana tienen que permane­cer como misterios.

La nueva revelación cristiana nos induce a considerar el curso de la vida humana de tal modo como, ciertamente, en el siglo XX el Cristo espera que la humanidad lo tome en cuenta. Para contemplar la imagen de Navidad recordemos ahora palabras de Cristo Jesús, según el Evangelio de San Lucas, palabras que son propicias para relacionarlas con la ima­gen de Navidad. Me refiero a las palabras: “En verdad os digo, que cualquiera que no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él". Cuando el Cristo dice "cualquie­ra que no recibiere el reino de Dios como un niño", no se debe entender como si se quisiera quitarle a la idea de Navidad todo el carácter de un misterio, y en su lugar hablar simplemente del querido niño Jesús,-tal y como se ha hecho en el curso de la evolución materialista del cristia­nismo-. Las palabras de Cristo Jesús: "cualquiera que no recibiere el reino de Dios como un niño no entrará en él" nos hacen alzar la mirada a poderosos impulsos que se po­nen de manifiesto a través de la evolución de la humani­dad. En el presente (después de la guerra de 1914/18) ciertamente no hay motivo para entregarse a pensamientos triviales acerca del significado de la Navidad, sino que el corazón humano vive con la triste imagen de millones de muertos y de la gran escasez de alimentos; en este tiem­po lo más indicado es entregarse a los poderosos pensa­mientos de la historia universal que impulsan al hombre y que pueden surgir por efecto de las palabras: quien no recibiere el reino de Dios como un niño, las que se pueden completar con estas otras: quien no ilumine su vida con la luz de tal pensamiento, no podrá entrar en los reinos ce­lestiales.

El hombre al entrar en este mundo como niño, provie­ne directamente del mundo espiritual, pues lo que entonces tiene lugar en el mundo físico, la procreación y el crecimiento del cuerpo físico, no es otra cosa que el aspecto exterior del acontecimiento que consiste en que el más profundo ser del hombre sale del mundo espiritual. Par­tiendo de su estado espiritual, el hombre entra en el cuer­po al nacer, y cuando el rosacruciano dice: ex deo nascimur, se refiere al ser humano en cuanto a su aparición en el mundo físico, pues lo que al principio envuelve al hombre, lo que hace de él una entidad física aquí sobre el globo te­rrestre, esto es lo que se expresa con la palabra ex deo nas­cimur. Considerando el centro del hombre, lo que realmente es el íntimo ser central, se debe decir: partiendo de lo espi­ritual, el hombre entra en este mundo físico. Pero lo que tiene en el mundo físico, al percibirlo desde el nivel espiritual antes de la concepción o del nacimiento, el hombre se envuelve con el cuerpo físico, a fin de experimentar en el mismo, aquello que sólo en este cuerpo físico se puede experimentar. Pero hay que tener presente que con su ser central el hombre viene del mundo espiritual. Y para quien se propone contemplar las cosas como ellas se pre­sentan en el mundo, sin estar deslumbrado por ilusiones del materialismo, el hombre es de tal manera que en los primeros años de la vida evidencia todavía que ha venido de lo espiri­tual. Lo que se observa en la vida del niño, aparece para el investigador de tal manera que se tiene la sensación de perci­bir los efectos posteriores a lo experimentado en el mundo espiritual.

Este misterio se expresa por medio de relatos como el que se relaciona con el nombre de Nikolaus von der Flüe. Una con­cepción trivial fuertemente influida por el pensar materia­lista dice ingenuamente que paso a paso durante la vida, el hombre desarrolla su yo desde el nacimiento hasta la muerte, y que este yo aparece cada vez más intensa y más claramente.

Se trata de un modo de pensar ingenuo, pues si se obser­va el verdadero yo humano, el que con el nacimiento viene del mundo espiritual para adoptar su envoltura física, se habla de un modo distinto sobre todo el desarrollo físico del hombre, porque entonces se sabe que, al crecer el hom­bre físicamente en el cuerpo físico, el verdadero yo, en ver­dad desaparece del cuerpo, que este verdadero yo se nota cada vez menos claramente, y que aquello que aquí en el mundo físico se desarrolla entre el nacimiento y la muerte, sólo es una imagen reflejo de sucesos espirituales, una ima­gen reflejo muerta de una vida superior. La expresión co­rrecta consiste en que se diga: hacia adentro del cuerpo desaparece paso a paso toda la plenitud de la entidad humana, haciéndose cada vez más invisible. El hombre vive su vida física aquí en la tierra, perdiéndose más y más en el cuerpo, para volver a encontrarse con el espíritu a su muerte.

Así habla el que conoce las condiciones. Quien no las conoce habla de tal manera que dice: el niño es imperfecto y el yo se desarrolla gradualmente hacia una perfección cada vez más grande; se desarrolla partiendo de los fundamentos indefinidos de la existencia humana. Desde el punto del conocimiento espiritual se debe hablar en este campo de un modo distinto que a través de la conciencia sensible de nues­tro tiempo en que subsiste el sentimiento materialista.

El hombre entra en el mundo como ser espiritual. Cuando niño su ser corporal está todavía indefinido, pues se ha ser­vido poco de lo espiritual que entra en la existencia física como durmiendo. Este ser espiritual parece tener poco contenido, puesto que precisamente en la vida física co­mún no lo percibimos, como tampoco percibimos el yo y el cuerpo astral cuando durante el sueño están separados del cuerpo físico y del etéreo. Pero un ser no es menos per­fecto por el hecho de que nosotros no lo vemos. Por tener un cuerpo físico, el hombre debe hundirse cada vez más en el mismo, a fin de adquirir, a través de tal hundimiento, capacidades que sólo se pueden adquirir si el ser anímico-espiritual del hombre se pierde durante un tiempo en la vi­da física, en el cuerpo físico.

La imagen de Navidad se eleva como una grandiosa co­lumna de luz dentro del sentimiento cristiano del mundo, para que nosotros siempre recordemos nuestro origen espi­ritual, para fortalecernos por el pensamiento de que de lo espiritual hemos venido para entrar en el mundo físico. Es preciso que tal pensamiento como idea de la Navidad se fortalezca cada vez más a través de la futura evolución es­piritual de la humanidad. Esto conducirá a que los hombres vuelvan a experimentar el advenimiento de la fiesta de Navidad con la idea de ganar nuevas fuerzas para la existencia física, con el recuerdo de su origen espiritual. En el presen­te el hombre todavía siente muy poco la fuerza de la idea de Navidad, porque según las leyes de la existencia espiri­tual es así que lo que aparece en el mundo para promover la evolución humana, no aparece inmediatamente en su forma definitiva, sino en cierto modo al principio en forma tumultuosa, como anticipándolo por el actuar de seres ile­gítimos de la evolución del mundo. La evolución histórica de la humanidad sólo se comprenderá de la justa manera, si se sabe que las verdades deben de entenderse tomando en consideración el debido tiempo y bajo la debida luz en el curso de la evolución de la humanidad.

De entre los diversos pensamientos que —ciertamente incitado por el impulso crístico, pero en una forma prema­tura— entraron en la moderna evolución de la humanidad, figura el pensamiento profundamente cristiano, pero ade­cuado a una ulterior profundización, de la igualdad de los hombres ante el mundo y ante Dios. Pero este pensamien­to no se lo debe entender como el mismo tumultuosamen­te entró en la evolución humana por la revolución francesa. Hay que tener presente que la vida humana está en evolu­ción desde el nacimiento hasta la muerte, y que los impul­sos principales se manifiestan de distinta manera durante la vida humana. Si consideramos espiritualmente el hecho de cómo el hombre entra en la existencia sensible: él entra en esta existencia plenamente según el impulso de la igual­dad del ser humano ante todos los demás. La existencia infantil suscita en nosotros los sentimientos más intensos, si se considera la naturaleza del niño sobre la base del pen­samiento de la igualdad de todos los hombres. En la existencia del niño todavía no aparece nada de lo que produce desigualdad, nada de lo que organiza la vida de los hombres de tal manera que se los hiciera sentir como diferentes de otros. Todo esto sólo se le da al hombre en el curso de su vida física. La existencia física va 'creando desigualdad, mientras que el hombre sale de lo espiritual como igual ante el mundo y ante Dios. Esto lo anuncia el misterio del niño.

Con este misterio del niño se une la idea de la Navidad, la que encontrará su profundización por la nueva revela­ción cristiana, pues esta nueva revelación cristiana tomará en cuenta la nueva trinidad: el hombre como representan­te inmediato de la humanidad, lo ahrimánico y lo luciférico, (como lo expresa el grupo tallado en madera, en el Goetheanum en Dornach, Suiza). Y por el conocimiento de cómo el hombre se sitúa en la existencia del mundo en su estado de equilibrio entre lo ahrimánico y lo luciférico, se comprenderá lo que, también en su existencia física ex­terior, el hombre realmente es.

Ante todo debe de haber comprensión cristiana con re­lación a un cierto aspecto de la vida humana. Llegará el tiempo en que el pensar cristiano dará mucha importancia a lo que desde mediados del siglo XIX ya se ha anunciado vagamente en distintos genios. Si se llega a comprender el hecho de que con el nacimiento del niño entra en el mun­do la idea de la igualdad, pero que más tarde, como ulte­rior paso, se desarrollan en el hombre fuerzas de desigual­dad, las que parecen no ser de este mundo, se nos presen­ta justamente en comparación con la idea de la igualdad un nuevo poderoso misterio. En el futuro desarrollo del alma humana, a partir de ahora, será uno de los más importantes y necesarios anhelos del hombre: llegar a compren­der dicho misterio nuevo, y como resultado de tal com­prensión, adquirir la correcta concepción acerca del ser humano. Con inquietud sentirá el hombre el enigma: cier­tamente, los hombres llegan a ser diferentes —si bien no lo son todavía en la infancia— por el hecho de algo que aparentemente ha nacido con ellos y que se halla en la sangre: sus distintos dones y capacidades.

El enigma de los dones y las capacidades que son la cau­sa de tantas desigualdades entre los hombres, surge en rela­ción con la imagen de la Navidad. Y la fiesta de Navidad del futuro seriamente hará recordar al hombre el origen de sus dones, capacidades, talentos y hasta capacidades genia­les que le diferencian mundialmente. Necesariamente ten­drá que hacer la pregunta de este origen. Y sólo alcanzará el justo equilibrio de la existencia física, si él puede cali­ficar satisfactoriamente el origen de sus capacidades por las que él se diferencia de los demás. La luz de la Navidad o la de las velas navideñas deben dar la respuesta a la pre­gunta: ¿Existe injusticia dentro del orden universal para el individuo entre el nacimiento y la muerte? ¿Cómo se explican las capacidades, los dones?

Cuando los hombres lleguen a tener el nuevo sentimien­to cristiano, cambiará mucho en cuanto al modo de pensar. Ante todo se comprenderá por qué la secreta concepción de la época del Antiguo Testamento tenía una idea particu­lar sobre los profetas; pues ¿en qué se distinguían los pro­fetas antiguos? Ellos fueron las personalidades consagradas por Jahvé; fueron las personalidades que auténticamente podían servirse de dones espirituales que los demás no po­seían. Jahvé debía consagrar las capacidades innatas, y Jahvé influía sobre el hombre desde el dormirse hasta el despertar; no influía durante la vida consciente. El verda­dero adepto del Antiguo Testamento se decía: Lo distin­tivo de los hombres en cuanto a sus capacidades y dones, y que en los profetas se eleva a la genialidad, es algo que nace con el hombre, pero él no lo utiliza para el Bien, si al dormirse no se sumerge en el mundo donde Jahvé guía los impulsos del alma y transforma desde el mundo espi­ritual los dones físicos, dependientes del cuerpo.

Con ello me refiero a un profundo misterio del pensa­miento de los tiempos del Antiguo Testamento. Pero esta concepción, incluso la relativa a los profetas, tiene que desaparecer. Para el bien de la humanidad tienen que for­marse nuevas ideas en la evolución histórica universal. Pa­ra lo que según la creencia de los antiguos hebreos depen­día de la consagración por Jahvé durante el sueño incons­ciente, el hombre debe alcanzar en nuestro tiempo la capa­cidad de consagrarlo durante la plena conciencia diurna. Pero esto sólo lo alcanzará si él sabe que por un lado todo lo perteneciente a dones naturales, capacidades, talentos, hasta la genialidad, son dones luciféricos que obran en el mundo de un modo luciférico, mientras no lleguen a ser consagrados e impregnados por todo aquello que corno im­pulso crístico puede aparecer en el mundo.

Se toca un misterio de inmensa importancia para la mo­derna evolución de la humanidad si se concibe el germen de la nueva imagen de la Navidad en el sentido de que es preciso que el hombre comprenda al Cristo de tal manera que sobre la base del Nuevo Testamento diga: Además de las condiciones de igualdad en el niño he recibido las diver­sas capacidades, dones y talentos. Pero con el correr del tiempo todas estas facultades sólo conducirán al bien del hombre, si las mismas se ponen al servicio del Cristo Jesús, si el hombre aspira a cristianizar todo su ser, para que se arrebaten a Lucifer los dones, talentos y genialida­des humanos. El ánimo cristianizado arrebata a Lucifer todo lo que sin ello actuaría de un modo luciférico en la existencia física humana. Esto es algo que como fuerte pensamiento debe imperar en la futura evolución del alma humana. En ello consiste la nueva imagen de la Navidad, la nueva anunciación del obrar del Cristo en el alma huma­na para cambiar lo luciférico que no rige en nosotros en cuanto vivimos por la fuerza del espíritu, sino que como lo luciférico se halla en nosotros por el hecho de que nace­mos con un cuerpo físico lleno de sangre, un cuerpo que a través de la herencia nos da también las capacidades. Dentro de la corriente luciférica, dentro de lo que ejerce su efecto en la corriente de la herencia física aparecen di­chas capacidades, pero el hombre debe ganarlas, conquis­tarlas durante la vida física, por medio de lo que el impulso crístico puede suscitar en sus sentimientos, no en el sueño por la inspiración de Jahvé, sino con plena conciencia den­tro de sus experiencias. El nuevo cristianismo habla así: "Concibe, oh cristiano, el pensamiento de la Navidad y ofrenda en el altar que se erige en la Navidad todo lo que tú recibes con la sangre de tu cuerpo, y consagra tus capa­cidades, tus dones y hasta tu genio, percibiéndolo todo ilu­minado por la luz que irradia del árbol de Navidad".

Con nuevas palabras debe hablar la nueva anunciación del Espíritu, y no debemos permanecer indiferentes ante lo que en nuestro severo tiempo nos habla como nuevas revelaciones del Espíritu. Con tal sentimiento se nos dará la fuerza que el hombre necesita en la 'vida del presente para cumplir con las grandes tareas de la época. Es preciso que se conciba la enorme importancia de la idea de la Na­vidad, y con plena conciencia se debe comprender el signi­ficado de las palabras del Cristo: "Cualquiera que no reci­biere el reino de Dios como un niño, no entrará en él". La idea de la igualdad que el niño nos revela, si lo observa­mos en el justo sentido, no se niega por dichas palabras, puesto que aquel niño cuyo nacimiento evocamos en la noche de la Navidad, anuncia claramente a la humanidad en la evolución universal, con cada vez nuevos pensamien­tos, que por la luz del Cristo, el que estuvo presente en el alma de ese niño, se debe iluminar lo que poseemos como dones que nos diferencian de los demás; que sobre el altar de ese niño se debe ofrecer aquello que esos diversos dones hacen de nosotros como hombres.

La seriedad de la imagen de la Navidad puede suscitar en el hombre la pregunta: ¿Cómo llego a ser consciente en mi alma del impulso de Cristo? Es un pensamiento que muchas veces preocupa al hombre.

Ciertamente, no acogeremos en el alma espontáneamente lo que podemos llamar el impulso de Cristo, y el mismo se nos presenta de un modo distinto en unos u otros tiempos. En el presente el hombre puede concebir con clara y plena conciencia los pensamientos cósmicos que tratamos de co­municar a través de nuestra ciencia espiritual de orientación antroposófica. Estos pensamientos, bien comprendidos, pueden despertar en el hombre la confianza de que sobre las alas de los mismos efectivamente le llega la nueva revela­ción, esto es, el nuevo impulso de Cristo de nuestro tiem­po. Y el hombre llegará a sentirlo, si no deja de prestarle atención.

Si en el sentido de lo ahora expuesto se trata de acoger vivazmente los pensamientos espirituales de la dirección del mundo, de acogerlos no como una teoría, sino en tal forma que estos pensamientos conmuevan, iluminen y den calor al alma en lo más profundo; si se trata de sentirlos fuertemente, como algo que a través del cuerpo penetra en el alma; si se trata de liberarlos de lo abstracto y lo teó­rico, de modo que estos pensamientos realmente son como una nutrición del alma; si se trata de sentir que los mismos entran en el alma no meramente como pensamientos, sino como vida espiritual proveniente del mundo espiritual; si todo esto se logra íntimamente, se notará el resultado de una triple manera: se percibirá que estos pensamientos extinguirán en el hombre lo que particularmente en nues­tra época del alma consciente penetra tan marcadamente en el alma humana: el egoísmo.

Si se comienza a advertir que dichos pensamientos ex­tinguen el egoísmo, se habrá sentido la fuerza crística de los pensamientos de la ciencia espiritual de orientación antroposófica. Si en segundo lugar se nota que en el ins­tante en que en el mundo de alguna manera aparece la falta de veracidad, ya sea que uno mismo se sienta tentado a no atenerse a toda la verdad, o bien, que de parte de otros se nos presente la falta de veracidad; si en tal situa­ción se experimenta la fuerza de un impulso que no deja entrar en nuestra vida la falta de veracidad, un impulso que monitoriamente siempre nos exhorta a decir la verdad, entonces resulta que frente a la vida que se inclina hacia la apariencia, se siente el viviente impulso de Cristo. Sobre la base de los pensamientos espirituales de orientación antroposófica no será fácil para el hombre mentir, o no tener sensibilidad para la apariencia y la falta de veraci­dad. Aparte de cualquier otro entendimiento, los pensa­mientos de la nueva revelación cristiana pueden indicar­nos el camino hacia el amor a la verdad. Si el hombre no solamente busca la comprensión teórica de la ciencia espi­ritual al igual que la de otra ciencia, sino si es capaz de captar los pensamientos en tal forma que, al unirse los mismos íntimamente con el alma, llega a sentir como si una potencia de la íntima conciencia que exhorta a la ve­racidad estuviese presente, entonces habrá encontrado de la segunda manera el impulso de Cristo. Y si además se llega a sentir que de dichos pensamientos fluye algo hasta en el cuerpo, pero principalmente influyendo sobre el al­ma, una fuerza que vence la enfermedad, dando al hombre salud y vigor, se habrá sentido el tercer aspecto del impul­so de Cristo, debido a dichos pensamientos. La aspiración de la humanidad sobre la base de la nueva sabiduría, el nue­vo espíritu, consiste precisamente en encontrar la posibili­dad de superar el egoísmo por el amor, en superar la apa­riencia de la vida por la verdad, superar lo que conduce a la enfermedad, por los pensamientos sanos, los que nos unen con las armonías del universo, puesto que tienen su origen en estas armonías.

En el presente aún no es posible alcanzar todo lo ex­puesto, pues el hombre lleva en sí una antigua herencia. Y resulta ser incomprensible si por ejemplo una absurda teo­ría espiritual como la Christian Science reduce a caricatu­ra la idea del curarse por el espíritu. Pero si debido a la an­tigua herencia el pensamiento todavía no puede tener su­ficiente fuerza para alcanzar lo anhelado, por ello no deja de ser una fuerza que da salud. Al respecto, fácilmente se piensa de un modo equivocado. Alguien que sabe juzgar las cosas, puede decir: "a ti te pueden curar ciertos pensamientos", pero ocurre que a tal persona en cierto momento le toca esta o aquella enfermedad. Al respecto hay que tener presente que debido a la antigua heren­cia, en nuestro tiempo todavía no podemos curarnos de todas las enfermedades por la mera influencia de pensa­mientos. Por otra parte difícilmente se puede saber cuá­les enfermedades nos hubieran tocado, o bien, si nuestra vida hubiera transcurrido con la misma salud, sin haber tenido ciertos pensamientos. De un hombre que en su vida ha estudiado la ciencia espiritual de orientación antroposófica, y que murió a la edad de 45 años no se puede saber si quizás sin ella hubiera fallecido a los 42, o a los 40 años. Es que en este campo el hombre tiende a pensar equivocadamente. Así, por ejemplo no suele observar lo que a él le puede corresponder según su karma ni tampoco lo que realmente se le da de acuerdo con su karma. Pero si uno, a pesar de lo contradictorio en el mundo físico exterior, todo lo observa por la fuerza de la confianza in­terior que se basa en los pensamientos de la ciencia espi­ritual, llegará a sentir, hasta en el cuerpo físico, lo saluda­ble, lo refrescante, lo rejuveneciente, como el tercer ele­mento que el Cristo, como Salvador (Heiland) confiere al alma humana, a través de sus incesantes revelaciones.

Ha sido el propósito de esta conferencia profundizar la idea de la Navidad, la que se relaciona tan íntimamen­te con el misterio del nacimiento del hombre. Se ha trata­do de bosquejar ante el alma lo que el Espíritu nos revela como continuación de la idea de la Navidad. Se podrá sen­tir lo fortaleciente y el sostén en la vida, como asimismo los impulsos de la evolución del mundo, venga lo que viniere, de modo que podemos sentirnos unificados con los impulsos divinos de la evolución del mundo, y que nues­tro entendimiento nos puede dar la fuerza y la iluminación para nuestro pensar. No se puede negar que el hombre se halla en evolución, cuya justificación se debe reconocer.

El Cristo ha dicho: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". No es una frase hueca, es la verdad. No solamente por los Evangelios se ha revelado el Cristo, sino que El está con nosotros, revelándose constan­temente. Es preciso que tengamos oídos para oír lo que El nos revela siempre de nuevo, en los tiempos nuevos. No te­ner fe en estas revelaciones nuevas, nos puede debilitar, pero la fe nos fortalecerá.

La fe en estas revelaciones nos dará fuerza, aunque las mismas resuenen a través de los dolores aparentemente contradictorios y los infortunios de la vida. Con nuestra alma propia pasamos por las vidas terrenales repetidas, en cuyo curso se cumple nuestro destino. Pero tal pensamien­to que nos deja sentir lo espiritual detrás de la vida física exterior, sólo lo concebimos si en el justo sentido cristia­no acogemos las continuas revelaciones. En el sentido de nuestro tiempo el verdadero cristiano, cuando está ante el árbol de Navidad con sus luces, deberá comenzar con los pensamientos fortalecientes, los que ahora los puede tener provenientes de la nueva revelación cósmica, para fortalecer su voluntad, para iluminar su pensar. Y deberá sentir que con la fuerza y la luz de este pensar él puede, en el curso del año cristiano, aproximarse al otro pensa­miento, el que evoca el misterio de la muerte: el pensamien­to de la Pascua de Resurrección, el pensamiento que en nuestra alma se presenta como un acontecer espiritual, lo que el hombre experimenta como fin de su existencia terrenal. Sentiremos cada vez más lo que es el Cristo, si somos capaces de relacionar debidamente nuestra existen­cia con la del Cristo. Sobre la base del cristianismo, el rosicruciano de la Edad Media decía: Ex deo nascimur, In Cristo morimur, Per spiritum sanctum revíviscimus. De lo divino hemos nacido, al considerarnos como hombres en esta tierra. En el Cristo morimos. En el Espíritu Santo volveremos a ser despertados. Pero esto se refiere a nues­tra vida, a nuestra vida humana. Dirigiendo la mirada de nuestra vida hacia la vida del Cristo, se nos presenta nues­tra propia vida como imagen-reflejo. De lo divino hemos nacido, en el Cristo morimos, por el Espíritu Santo vol­veremos a ser despertados. Como la verdad de Cristo que vive en nosotros como el primero de nuestros hermanos, lo podemos expresar ahora en tal forma que lo sentimos como Verdad-Cristo, irradiando de El, reflejándose en nuestro ser humano: El ha sido generado por la fuerza del Espíritu, tal como lo expresa el Evangelio según San Lucas, a través del símbolo de la paloma que descendió como Espíritu Santo. Del Espíritu fue generado; en el cuerpo humano murió; en lo Divino resurgirá.

Sólo percibiremos en el justo sentido las verdades eter­nas, si las percibimos en su reflejo del presente, no mera­mente en una forma, hechas abstracción absoluta. Y si nos sentimos como hombre, no solamente en sentido abstrac­to, sino como hombre realmente perteneciente a un tiem­po en que nos incumbe el deber de actuar y pensar en con­cordancia con el carácter de la época, entonces trataremos de percibir el lenguaje de ahora del Cristo que está con no­sotros todos los días hasta el fin del mundo; oiremos enton­ces su enseñanza que nos ilumina y nos fortalece en el pensamiento sobre la Navidad. Así podremos acoger en noso­tros al Cristo en su nuevo lenguaje, pues con el Cristo de­bemos unirnos como ligado con nosotros por parentesco. Así nos será posible cumplir nosotros mismos la misión del Cristo en la tierra y después de la muerte. El hombre de cada época debe acoger en sí mismo a su propia manera al Cristo. El hombre podía sentirlo, si en el justo sentido consideraba los dos pilares espirituales, la idea de la Navi­dad y la de la Pascua de Resurrección. El profundo místi­co alemán Ángelus Silesius lo expresó, con respecto a la imagen de la Navidad:


"Si el Cristo nace en Belén mil veces
      y no en ti, eternamente perdido permaneces".

y con respecto a la imagen de la Pascua de Resurrección:

"La Cruz
de Gólgota, del Mal no te podrá salvar,
      si no en ti también se llega a elevar".

Es verdaderamente necesario que el Cristo viva en noso­tros, puesto que no somos hombres en sentido absoluto, sino hombres de una determinada época; el Cristo debe nacer en nosotros tal como sus palabras resuenan a través de nuestra época. Debemos tratar de hacer nacer el Cristo en nosotros, para nuestro fortalecimiento, nuestra iluminación; el Cristo debe nacer en nuestra alma tal como ha quedado con nosotros y como El quiere quedar con los hombres, todos los tiempos hasta el fin del mundo. Si en el día de hoy tratamos de sentir en el alma el nacimiento del Cristo, como la luz eterna y la fuerza eterna, entonces se nos presenta de la justa manera el nacimiento histórico del Cristo en Belén, como asimismo su reflejo en nuestra alma.

"Si el Cristo nace en Belén mil veces
      y no en ti, eternamente perdido permaneces".

Así como ahora El nos hace dirigir la mirada hacia su nacimiento en el acontecer humano, su nacimiento en nues­tra alma, así contemplamos de la justa manera la imagen de la Navidad. Entonces somos conscientes de la noche so­lemne que nos debería dar el sentimiento de un nuevo for­talecimiento, de la iluminación de los hombres, después de diversos males y dolores que en el presente los han con­movido y seguirán conmoviéndolos.

El Cristo dice: "Mi reino no es de este mundo". Si de la justa manera dirigimos la mirada hacia su nacimiento, esa palabra nos exige encontrar en el alma el camino hacia aquel reino donde El está para fortalecernos, para iluminar­nos, cuando amenaza la oscuridad y la falta de fuerza; fortalecernos por los impulsos provenientes de aquel mundo a que El mismo se refirió, y del que su aparición en la no­che solemne siempre quiere hablar. "Mi reino no es de es­te mundo". Pero por otra parte El mismo ha traído ese reino en este mundo, para que nosotros siempre podamos recibir del mismo, fuerza, consolación, confianza y esperan­za, en todas las situaciones de la vida, siempre que nos de­cidamos a guiarnos por sus palabras, como estas:

De cierto os digo, que cualquiera que no recibiere el rei­no de Dios como un niño, no entrará en él. 







Rudolf Steiner 

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